martes, 25 de mayo de 2010

El Idiota (Javier Dale)


Querido lector,

Me gustaría compartir contigo un artículo que encontré navegando por Internet hace ya tiempo, y que considero de obligada lectura si realmente te consideras un amante del baloncesto. Escrito por Javier Dalé para Basketconfidencial.

-¡Pero árbitro, joder, ¿no has visto que ha pisado la línea?! Me cago en tu padre, ¡cómo se nota que vives por la zona!

-¡Eso ha sido falta, joder! ¡Vete a tomar por culo!

-¡Qué malos sois, qué malos sois…! ¡Que no podéis hacerlo así, que os cargáis esto, hombre!

Estas frases son sólo un resumen de lo que escuché en la grada mientras veía un partido de baloncesto. Son exabruptos reprobables ya en una cancha ACB, pero lo son aún más si se pronuncian en el marco de un partido de categorías base de la región de Murcia. Y más aún si quien las pronuncia es el padre de uno de los jugadores. Aunque más que el de padre, se ganó otro calificativo: el de idiota.

Y sí, el árbitro se equivocó. ¿Pero cómo no va a equivocarse un chico de veinte, todo lo más veintipocos años, en un partido ajustado disputado un sábado por la mañana y en el que desde la grada un grupo de señores de más de cuarenta años, con el idiota como líder, le increpa? Ese árbitro no es más que un chico que disfruta del baloncesto, que se saca un dinero extra arbitrando en categorías base, que renuncia al ocio de un viernes por la noche y a la mañana de un sábado para permitir que otros chicos, menores que él, disfruten del baloncesto. Sólo por eso ya se trata de un chico ejemplar ¿Que se equivoca? ¡Claro que se equivoca! Como se equivocan los jugadores y los entrenadores de las categorías base, que para eso son base: para aprender. Sin embargo, ni el idiota ni sus acompañantes censuraban a sus jugadores –sus hijos– cuando fallaban un tiro fácil. Ni cuando el entrenador tomaba una decisión errónea. Pero si el árbitro erraba en la penalización de una falta, sí que se acordaban de él, de su padre, de parte de su familia. Y le insultaban hasta causar vergüenza ajena.
Al término del partido –no hace falta decir cuál: lamentablemente, sucede en cualquier parte–, un jugador del equipo ganador, que se llevó el triunfo en la prórroga, gritó a sus rivales: “¡Que os den por el culo a todos ya! ¡Que os jodan!”. Su entrenador se abalanzó sobre él para que se callara, y para evitar la incipiente pelea que, desde la grada, se vislumbraba en los banquillos. ¿Un buen gesto? Sí, aunque manchado por la arenga que, en voz alta, lanzó a sus jugadores durante un tiempo muerto: “¡Jugamos contra siete (los rivales y los árbitros, se entiende), pero no nos van a joder!”. Y minimizada por la técnica que se ganó por insultar a los árbitros. Y por sus diálogos con el idiota que, aún en la grada, también ‘aconsejaba’ –es un decir– al entrenador de su hijo y de sus amigos. Y es que el idiota tiene conciencia, o cree tenerla. La reprimenda que le soltó a los jugadores de su equipo cuando salieron de los vestuarios, ya con el partido concluido, fue notable. Básicamente argumentaba que ellos tenían que dedicarse a jugar, aunque los árbitros sean muy malos. Supongo yo que será porque para agredir verbalmente a los árbitros –insisto: chicos de veinte, ventipocos años–, ponerlos nerviosos y hacer que se sientan amenazados se bastan y se sobran él y sus acólitos.
Que carece de toda instrucción. Es la cuarta acepción que admite la RAE respecto al término idiota. Y el padre de aquel jugador (y cuyos clones, desgraciadamente, a buen seguro que poblaron muchas canchas del baloncesto de base) encaja a la perfección en la descripción. Que no se sienta insultado –ni él, ni nadie que se dé por aludido en este texto–, sino definido. Y si ya siente un poco de vergüenza quizá esté en el camino de corregirse.

“¡Llevo viendo baloncesto desde benjamines y nunca había visto a un árbitro tan malo como éste! ¡Coño, todo lo que ha liado! ¡Que no lo había visto ni en el fútbol! ¡Luego claro que pasa lo que pasa!”, dijo el idiota –mi idiota– al término del partido, y a la vista de los padres del equipo rival. No, idiota. El árbitro no era malo: era un chico joven, devoto del baloncesto, que se equivocó y al que tú increpaste como si te fuera la vida en ello. Y la lió –se lió– porque estuviste agrediéndole durante dos horas. Y no lo habías visto ni en el fútbol porque lo tuyo es para verlo. Para verte, para que te veas. Y para que te lo hagas mirar. Y si pasa lo que pasa será porque prende lo que tú has encendido, provocado y avivado. Y sí, eres idiota. La buena noticia es que es algo que se puede corregir. Hazlo. Tu hijo acabará agradeciéndotelo. Y así sí evitarás que pase lo que pasa.
(Ah, por cierto. El equipo del idiota fue el que ganó el encuentro. No quiero pensar qué podría haber pasado si hubiera perdido.)

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